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Cuando me interesé por la Ciencia Cristiana*, hacía ya unos dieciséis...

Del número de marzo de 1988 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Cuando me interesé por la Ciencia CristianaChristian Science (crischan sáiens), hacía ya unos dieciséis años que era alcohólica. Además, fumaba mucho y constantemente estaba bajo el cuidado de un médico. No obstante, consideraba que beber y fumar no eran problemas. Siempre creí que los problemas estaban en el mundo y que yo necesitaba esas muletas para soportarlos. Tenía tres hijos, y un marido que trabajaba muchas horas. Me era difícil encarar lo que parecía ser una gran responsabilidad.

No comencé a estudiar Ciencia Cristiana para ayudarme a mí misma. Teníamos un hijo con problemas físicos y pedí ayuda para el niño. Llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana y le expliqué que yo no sabía nada acerca de la Ciencia pero que quería probarla. No le hablé de mis problemas. Ella fue muy amable y me pidió que visitara una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana y pidiera prestados ejemplares de la Biblia, de Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, y también las Concordancias de esos libros, y así lo hice.

La practicista me alentó para que empezara mi estudio buscando referencias en Ciencia y Salud de la palabra Mente con M mayúscula. Dijo que era un sinónimo de Dios. Empecé a leer y, después que leía cada referencia, continuaba leyendo. En las páginas 448–449 encontré esta declaración: “Si vosotros mismos estáis atados por el pecado, os será difícil libertar a otro de las ataduras de la enfermedad”. Esto llamó mi atención y me detuve allí. Sentí que el pasaje tenía cierto significado para mí. Al pensar sobre esta frase, empecé sencillamente a orar: “Dios mío, por favor muéstrame lo que debo hacer”.

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