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Del libro de Joel

Del número de julio de 1979 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


“Despertad, borrachos, y llorad...”

Desperté y lloré amargamente:
mi casa, mi cosecha, asoladas.
Sobre ruinas y silencio, tristemente
arrepentida se posó la mirada.

De vergeles y jardines que tenía,
se apagó la mies, secó el manzano.
Desperté. Era mi pena que gemía.
Los árboles del campo desnudados.

“Y os restituiré los años que comió... la langosta...”

Y rasgué mi corazón, no mi vestido,
volviéndome a mi Dios con un lamento,
a Aquel que se duele del castigo,
misericordioso, para la ira lento.

Y nunca más fui avergonzado.
Me sació de pan, vino y aceite.
Comí las maravillas de Su mano.
Le cantaré alabanzas para siempre.

Y me alegré y se alegró el campo,
volvió el trigo, la vid y la cebada,
la palmera y el manzano alto,
la tierra de nuevo enjoyada.

Y comprendí que el verdadero vino,
viene del cielo y no se paga,
no marea su placer sin magnetismo,
no viene en vasijas, ni se acaba.

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