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Liberación de prejuicios transmitidos de generación en generación

Escrito para las publicaciones periódicas de la Ciencia Cristiana

Del número de abril de 1989 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


No creo haber visto a un niño negro durante mi niñez. Y si vi a alguno, no lo recuerdo. Me crié en un gran suburbio donde, según tengo entendido, hasta ahora no hay familias negras. Recuerdo una ocasión en que tuve que faltar a la escuela porque había disturbios en la ciudad. Se llamó a la Guardia Nacional. Mis padres tenían un revólver cerca de la cama y podíamos oír los tiros que venían de la ciudad. Después de aquello nunca fuimos al centro de la ciudad de noche y muy rara vez durante el día.

Una señora negra cuidaba a los niños de nuestra familia. Yo la quería muchísimo, y a la hora del almuerzo corría a casa desde la escuela esperando su cariñosa bienvenida. Recuerdo lo trabajadora que era y que siempre cantaba cuando hacía sus quehaceres. Pero a veces a la hora de la cena se decían “chistes” que me desconcertaban, no acerca de ella, pero acerca de la gente negra en general. También se hablaba acerca de tomar medidas legales para “mantenerlos alejados”.

Durante mis años universitarios salí de esa comunidad exclusivista y tuve que encarar mis propios temores y prejuicios raciales. Sentía una tremenda angustia sobre estos sentimientos y anhelaba liberarme de ellos. Finalmente encontré la base con la cual desafiar aun los prejuicios raciales más recónditos. Lo hice mediante las enseñanzas de la Ciencia Cristiana y por medio de lo que estas enseñanzas revelan acerca de la naturaleza del hombre. Aquellas impresiones de mi niñez se han ido borrando poco a poco. Las muchas amistades de personas negras, y de otras razas, que desde entonces han formado parte de mi vida, continúan demostrándome que el odio racial, y aun la discriminación, no son hechos que deben ser tolerados o meramente calmados.

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