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Estar consciente

Del número de febrero de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Publicado originalmente en el Christian Science Journal de Septiembre de 2016.


La forma de combatir toda influencia nociva que pueda cruzar en cualquier momento nuestro camino, es comprender —y estar consciente— de la totalidad de la Mente divina, Dios, y reconocer la indivisibilidad inherente de esa Mente y de Su idea, el hombre. Cuando damos constantemente nuestro consentimiento para permitir que solo la inteligencia infinita que es Dios tenga influencia sobre nosotros, demostramos naturalmente una mayor claridad de pensamiento y acción. Eso nos capacita para reconocer las influencias negativas y nocivas de la creencia mortal —que no nos pertenecen porque somos el reflejo espiritual de Dios, el hombre— así como para percibir su impotencia y expresar dominio sobre ellas. El Cristo, la influencia siempre presente de Dios, y nuestro más querido consejero, ilumina nuestro camino con el amor salvador de Dios, y es la única influencia real y perdurable de nuestro tiempo.

Es sabiduría pura cuidar de nuestros propios pensamientos, de estar tan conscientes de la omnipotencia del Amor divino, que no podamos ser hipnotizados por el mal con sus muchos disfraces. A cada momento, tenemos la opción de volver nuestro pensamiento hacia Dios. Cuando lo hacemos, nos estamos valiendo de la apacible y afectuosa presencia del Amor divino.

En mi propia experiencia, en tan solo un día, me liberé de un problema físico del que había estado padeciendo por muchas semanas, cuando tomé consciencia de que estaba hipnotizada (en este caso se trataba de una falsa suposición acerca de mí misma), suposición que yo había permitido que permaneciera en mi pensamiento, y hasta la justificaba. En el momento que tomé consciencia de la imposición mental que alegaba la presencia y el poder del mal, percibí claramente que dicha noción era totalmente falsa, y comenzó la curación. Me sentí inundada por la luz del Cristo. No hubo necesidad de persuadirme de que debía cambiar mi perspectiva, más bien, acepté una comprensión espiritual más refinada acerca de mí misma, y permití que llenara mi consciencia. Y así como la luz del amanecer dispersa la oscuridad sin tener que luchar, me embargó una renovada percepción de mi naturaleza como el efecto de todo lo que Dios es. Al término de ese día, todas las indicaciones de la enfermedad habían desaparecido por completo.

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