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La espiritualidad: Base esencial de la moralidad

From The Herald of Christian Science - February 15, 2021


Tenemos que tomar decisiones morales todos los días. Estas decisiones equivalen a elegir entre el bien y el mal. ¿Debemos actuar de manera moral o inmoral? ¿Debemos enseñar a nuestros hijos a ser honestos y amables, o dejarlos hacer lo que quieran? ¿Debemos perdonar o ser vengativos? ¿Debemos pagar impuestos o hacer trampa? 

La elección no siempre es fácil, pero es necesaria. A menudo se necesita un valor moral implacable para negarse a obrar mal y hacer lo correcto. El camino para tomar decisiones correctas es el deseo correcto. Y el deseo correcto es una consecuencia de la mentalidad espiritual, porque la mentalidad espiritual es el origen de los deseos correctos. 

Las decisiones diarias nos exigen ser honestos, desinteresados, justos, misericordiosos, compasivos y castos. Cualquier ejercicio de estas firmes cualidades morales nos hace mejores personas. Además, la moralidad garantiza el progreso tanto de los individuos como de sus países. Una nación es tan grande, buena y perdurable como la bondad y la grandeza que personifican sus habitantes. 

La Guía de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, observó: “El carácter y la vida de los hombres determinan la paz, la prosperidad y la vida de las naciones” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 277).

Para que las personas, las sociedades, las iglesias o las naciones florezcan, los valores morales y espirituales deben ser una necesidad. Indican el enfoque de nuestro pensamiento. ¿Brindamos cada vez más nuestra atención y esfuerzos para vivir una vida que refleja la naturaleza de Dios, el bien, o estamos cada vez más atrapados en los objetivos materialistas? Los pensamientos elegidos a lo largo del camino, a cada hora, a cada momento, son los que determinan si las decisiones serán encomiables o lamentables.

La moralidad nos da la sensación de estar en terreno sólido y protegidos del deseo de poder o de influencia dañina sobre los demás. Entre los ejemplos de inmoralidad se encuentran las historias de acoso sexual de hoy en día que envuelven escuelas, empresas, hogares, iglesias, clubes deportivos y consultorios médicos; el tráfico sexual en muchas partes del mundo; la promiscuidad que ha provocado un rápido aumento de las enfermedades de transmisión sexual entre jóvenes y viejos; y la adicción a las sustancias nocivas; todo apunta a la necesidad de fortalecer nuestra moral. 

Sin moralidad en todas las áreas de nuestra vida, no podemos sentir constantemente el poder salvador de la espiritualidad que nos da el Espíritu, Dios. Si buscamos una mayor fortaleza moral, podemos encontrarla en el hecho espiritual de que el hombre de la creación de Dios —la verdadera identidad de cada uno de nosotros— ama a Dios, el bien. A su vez, esta verdad requiere evidencias de que somos morales en nuestros asuntos cotidianos al expresar nuestra identidad espiritual. 

Por eso Juan el Bautista fue tan importante para la historia humana. Él trajo el bautismo del arrepentimiento, es decir, la purificación moral que exige un cambio de pensamiento de la preocupación por las cosas y metas materiales a un propósito superior de servir a Dios con todo nuestro corazón. La predicación y la práctica del bautismo de Juan sirvieron para preparar el terreno de la consciencia humana para las enseñanzas del Cristo acerca de la omnipotencia del Espíritu y la nada del mal en todas sus diversas formas sutiles y flagrantes. 

Este mayor entendimiento llegaría por medio de las palabras y obras del Salvador del mundo, Cristo Jesús. El Bautista dijo: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).

Jesús, que tenía un gran respeto por la obra de Juan el Bautista, afirmó: “entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista”. Y, agregó: “pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él” (Mateo 11:11). Jesús señaló el hecho de que el que tiene menos comprensión del reino del Espíritu, el reinado de la espiritualidad o “Cristo vive en ustedes” (Colosenses 1:27, NTV), es mayor que el que solo tiene una mente moral. 

La Biblia no registra que Juan el Bautista haya realizado algún trabajo de curación. De hecho, al final de su carrera Juan incluso dudó de que Jesús fuera el Mesías. Envió a dos de sus discípulos a Jesús para preguntarle: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mateo 11:3). Esta pregunta indica que las cualidades morales que expresaba el Bautista no eran tan firmes como las cualidades espirituales que expresaba Cristo Jesús.

Del mismo modo, San Pablo no dijo que tener una mente moral “es vida y paz”. Dijo: “La mente puesta en el Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6, LBLA, énfasis añadido), mostrando que la espiritualidad es más elevada que la moralidad. Sin embargo, dado que el mayor bien siempre incluye el menor, la mentalidad espiritual siempre expresará moralidad, mientras que la mentalidad moral, si se la deja por su cuenta, será deficiente en la comprensión espiritual y en sus obras sanadoras.

Moralidad significa vivir una vida en la que el bien supera el mal. Pero la mentalidad moral sigue siendo un estado de consciencia dual, en el que tanto el bien como el mal, el Espíritu y la materia, son aceptados como reales. Por el contrario, la mentalidad espiritual solo reconoce la presencia y el poder del Espíritu divino, y excluye cualquier otro poder o presencia. Esta es la consciencia pura y firme que nos prepara para hacer la obra sanadora que Cristo Jesús enseñó a sus seguidores a hacer. Hace del individuo un verdadero filántropo que promueve el bienestar de sus semejantes.

La mentalidad material y sensual, llamada “mente carnal” en la Biblia y “mente mortal” en la Ciencia Cristiana, se opone totalmente a la mentalidad espiritual; la presencia de la espiritualidad condena la materialidad y la sensualidad. La mente mortal, o el mal, socavaría la moralidad de los individuos, porque sin moralidad no puede haber espiritualidad, la cual es indispensable para la construcción de vidas y naciones exitosas. 

Las sugestiones de la mente mortal se ven en los deseos intencionales y autodestructivos que distorsionan la forma de pensar humana e impiden el desarrollo equilibrado de nuestras mejores capacidades. La permisividad sexual, por ejemplo, indica una obsesión flagrante con el cuerpo físico que puede privar a un individuo de un propósito serio. 

“Donde no hay visión, el pueblo se desenfrena”, dice la Biblia (Proverbios 29:18, LBLA). Muchas civilizaciones han sido derribadas debido a la decadencia moral interna de sus habitantes, originada en la absorción en el pensamiento materialista que resultó debido a una falta de conocimiento, o a la ignorancia de Dios, la Verdad. 

La iluminación espiritual que se necesita es el amor puro por Dios y por el hombre que disolverá los pensamientos oscuros e inmorales que nos tientan a nosotros y a nuestra sociedad en general. Sólo el amor por Dios, el bien, que nos hace querer honrarlo con la forma en que vivimos, hace que el mal no sea de ninguna manera atractivo. En la bondad genuina uno aprende a comprender y a adherirse a la moral y la ética sólidas. La gracia de Dios se desarrolla dentro de nuestro corazón receptivo para deshacer los males que nos tentarían. Por eso es tan importante que nuestro corazón esté bien con Dios. La percepción espiritual y la buena conducta fluyen de la fuente oculta de un corazón puro. 

Vemos los comienzos de la moralidad en cada uno de nosotros cuando la preocupación por el yo mortal y sus deseos cede al anhelo de sacar a luz lo mejor, no lo peor, de nosotros mismos y de los demás. Un corazón lleno del amor de Dios por toda la creación no mataría la paz o inocencia de otro, ni desearía contaminar la atmósfera haciendo sugerencias inmorales. 

Las acciones desinteresadas y nobles caracterizan al hombre y a la mujer de la creación de Dios, mientras que los propósitos del mal son siempre egoístas y destructivos, aunque camuflados en ropa engañosamente atractiva. Nuestra Guía nos dice: “Aquí la Ciencia Cristiana es la panacea soberana, dando fortaleza a la debilidad de la mente mortal —fortaleza de la Mente inmortal y omnipotente— y elevando a la humanidad por encima de sí misma hacia deseos más puros, sí, hacia el poder espiritual y la buena voluntad para con los hombres” (Ciencia y Salud con la Llave de la Escrituras, pág. 407).

La necesidad es que cada uno de nosotros no se identifique como un mortal físico sujeto a los impulsos sensuales de una mente carnal, sino como una idea espiritual de Dios, reflejando perpetuamente la Mente divina pura. Esta es la única Mente que puede crear condiciones para nosotros o gobernar lo que pensamos acerca de nosotros mismos. Nuestra verdadera individualidad es puramente espiritual. El hombre verdadero que somos cada uno es totalmente bueno y no está obsesionado con la materia de ninguna forma. Nada puede socavar nuestra atracción hacia el Espíritu, Dios. Él nos da la capacidad de reconocer que los deseos vanos e impíos no tienen base en Él, quien es el único fundamento de todo lo que es real y digno de ser buscado.

La mente mortal, la mentirosa, no tiene una individualidad legítima a través de la cual actuar como agente o víctima, como depredador o presa. Nuestro verdadero yo está totalmente “escondid[o] con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). Somos los hijos puros de Dios, y ningún mal puede quitarnos esta naturaleza o comprensión semejante al Cristo. No lo que la mente mortal dice que somos en la carne, sino lo que somos en la Verdad, define al hombre que realmente somos.

La actividad de la idea-Cristo, que expresa al hombre ideal de Dios, es evidente en la consciencia de todo individuo que se rebela ante las imposiciones de la mentalidad material. Ninguno de nosotros quiere ser influenciado por un poder extraño como si fuésemos una víctima o canal para el error. Todo lo contrario. Queremos estar libres de ser absorbidos por los susurros de la influencia errónea de la mente mortal con sus falsas insinuaciones y fantasías. Queremos ser fieles a nuestro yo creado por Dios y someternos solo al poder de Dios, el bien. 

Cada uno de nosotros es, en realidad, la imagen impecable de Dios, y solo los pensamientos correctos que se originan en la Mente tienen autoridad para gobernarnos. Vivimos en la Mente divina, que da la consciencia al hombre, y esta Mente nos impulsa a pensar y actuar correctamente. Puesto que solo hay una Mente, solo hay una única fuente real para los pensamientos. No hay mal subconsciente que pueda competir con la Mente divina para captar nuestra atención o mesmerizarnos sutilmente con las imágenes de la mortalidad que sugieren que hay sensación en la materia. Las sugestiones del mal no son transferibles. Por ser irreales, no tienen poder para imponerse. Pero nosotros debemos negarlas por medio de la práctica, impulsada por el Amor, de las cualidades a semejanza del Cristo, tales como la sinceridad, la honestidad, la pureza, el altruismo. 

Pablo describe mejor el conflicto que asegura estar sucediendo en la consciencia humana cuando afirma: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Entonces, en su angustia, pregunta: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Pero rápidamente añade esta nota triunfal que indica la autoridad de Dios para gobernarlo: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:19, 24, 25).

Al igual que Pablo, podemos encontrar fortaleza en el Cristo, en lo que la Sra. Eddy identifica como “la idea divina de Dios afuera de la carne” (Ciencia y Salud, pág. 482), el poder que Jesús demostró perfectamente a lo largo de su vida. El Cristo nos faculta a condenar y superar los pensamientos inescrupulosos o instintos animales de la sensualidad y los falsos apetitos que pueden incitarnos a hacer cosas en contra de nuestros propios intereses y los ajenos. 

Cuando nos damos cuenta de que tales hábitos de pensamiento son contrarios a la voluntad de Dios, que es totalmente buena, podemos resistirlos con la fortaleza moral y espiritual que Él nos da: el deseo de obedecer a Dios, el deseo de ser impulsados solo por el Espíritu, el deseo de ser limpios y de mente pura. Él ha puesto en nosotros estos deseos de pureza que tienen el respaldo de todo el poder de la omnipotencia. Son evidencia de la presencia del hombre real que es la expresión perfecta y completa de Dios. Y tú eres, en la Verdad, nada más y nada menos que esa imagen divina. 

El mal no tiene poder porque no tiene realidad. Quizá parezca tener realidad y poder siempre y cuando lo creamos, porque mientras creamos que lo pecaminoso es real y tiene poder, estaremos dominados por ello a través del temor y la lujuria. De ahí la importancia de saber que ese mal, cualquiera sea su forma, no tiene ninguna atracción para nadie. Para aquel que es la expresión del Espíritu nada puede ser más atractivo que el Espíritu. Sabemos que estamos tratando con el mal científicamente cuando vemos y entendemos su nada. 

Se requiere un trabajo consagrado para probar estas verdades sistemáticamente a fin de que nuestra pureza y salud naturales se establezcan en nuestra percepción actual de la vida como resultado de una consciencia cristianizada. Cada uno de nosotros seguramente puede apreciar la belleza de un hombre o una mujer sin sentir deseo por él o ella. Queremos buscar “la hermosura de la santidad” (Salmos 29:2) en cada persona. No somos parte del sueño de la existencia y sensación en la materia. Esa es la causa de que nos esforcemos fervientemente por apartarnos del sentido mortal de la vida y reivindicar nuestra vida en el Espíritu. El verdadero deseo de nuestro corazón es la comunión con Dios, no nuestra unidad con la carne. 

Para que las personas, las sociedades, las iglesias o las naciones florezcan, los valores morales y espirituales deben ser una necesidad.

Una consciencia a semejanza del Cristo es el medio más poderoso para vencer el deseo equivocado. Jesús nos mostró la más maravillosa capacidad para regenerarse por medio del Cristo, “el poder de Dios para la salvación” (Romanos 1:16, LBLA), cuando dijo a la mujer adúltera: “Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más” (Juan 8:11, LBLA). Con la ayuda de Dios quitamos el pecado de nuestro pensamiento, y ya no nos tentará. Es solo el señuelo del pensamiento diabólico lo que nos hace creer que hay placer y sensación en la materia, cuando en realidad sus tentaciones son totalmente sugestiones, no nuestras propias convicciones. 

Silenciosa y persistentemente podemos comprender que no hay mente mortal que nos tiente. El Salvador cristiano, activo en nuestra consciencia, es lo único que necesitamos para evitar que nos asociemos con pensamientos que no se originan en Dios, el bien.

El poder irresistible de Dios es una ley divina que transforma al yo humano al revelar en cada uno de nosotros que realmente somos la creación espiritual de Dios. La verdadera satisfacción se encuentra en la forma de pensar justa y semejante a Dios. “Podemos regocijarnos de que todo germen de bondad seguirá luchando hasta por fin conseguir libertad y grandeza, y que todo pecado se castigará a sí mismo de tal manera que acabará por someterse a los mandamientos de Cristo, — la Verdad y el Amor”, dice Mary Baker Eddy en No y Sí (pág. 8). 

Los mejores pensamientos siempre tienen su motivación en la Mente real e inmortal. La verdad aplicada a los pensamientos egoístas o inmorales —la verdad de que la Mente divina es el único poder y la única presencia en nuestra vida— hace que las sugestiones impías se desvanezcan. Lo que surge a medida que se produce esta renovación o transformación de la consciencia humana es una criatura completamente nueva: una renovada comprensión de uno mismo, un renovado aprecio por uno mismo y verdadera salud. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

La purificación de la consciencia humana trae cambios a nuestro carácter y experiencia. Entonces, estamos cada vez más libres de la regla despótica de una supuesta mente sensual y más bajo el control de la Mente divina. El cuerpo humano se comporta normalmente en lugar de anormalmente. El cuerpo de los negocios, el cuerpo de la escuela, el cuerpo social, el cuerpo del hogar, el cuerpo de la iglesia, el cuerpo del mundo, también se benefician. Toda mejora en las condiciones terrenales es el resultado de la demostración del Cristo redentor en la vida individual. 

Mejores ideales, más justicia, más compasión, menos egoísmo, respeto más profundo del uno por el otro, son las señales externas de una moralidad basada en el Espíritu, tan esencial para el progreso tanto del ciudadano como del país. De esta manera, la espiritualidad, el reino del Cristo que gobierna en los corazones y mentes de hombres y mujeres, se ve como el amigo más querido de un individuo y el más grande aliado de la civilización.

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Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, July 7, 1956

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