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Zaqueo

From the March 2016 issue of The Herald of Christian Science

Original en alemán


Recientemente, he estado pensando mucho en el encuentro que relata el Nuevo Testamento entre Cristo Jesús y Zaqueo, “jefe de los publicanos” (véase Lucas 19:1–10). Cuando Zaqueo se entera de que Jesús estaba pasando por Jericó, este hombre rico y bajo de estatura “procuraba ver quién era Jesús”. Al darse cuenta de que no sería lo suficientemente alto como para verlo por encima del gentío, Zaqueo se adelanta corriendo y trepa a un árbol sicómoro. 

Cuando Jesús llega al árbol y se da cuenta de que Zaqueo está sentado ahí, debe de haber percibido que el pequeño publicano tenía una gran necesidad, y en consecuencia lo alentó a que lo invitara a su casa. Este gesto molestó a los que estaban allí, quienes murmuraron que Jesús “había entrado a posar con un hombre pecador”.

Por ser un descendiente de Abraham que trabajaba como recaudador de impuestos para el Imperio Romano, sus compatriotas judíos consideraban que Zaqueo era un traidor. Los recaudadores de impuestos eran despreciados por corruptos, y Zaqueo no era la excepción. Pero, ¿por qué estaba tan deseoso de ver a Jesús? ¿Acaso había visto en lo más profundo de su ser que tal vez había algo errado en su vida? ¿Quizás secretamente anhelaba tener integridad?

Cualquiera haya sido el caso, el encuentro de Zaqueo con el Maestro fue algo tan inspirador, tan liberador, que el publicano debe de haber percibido que su vida tenía un propósito más elevado, más allá de la acumulación de riquezas. Su transformación se hizo evidente en su declaración de que él voluntariamente daría la mitad de sus bienes a los pobres y le devolvería cuadruplicado lo que hubiera quitado a otros injustamente.

¿Qué fue lo que provocó este cambio de actitud? Fue que Jesús vio en Zaqueo al hombre puro y recto de la creación de Dios. Mary Baker Eddy escribe acerca de la percepción del Maestro: “Jesús contemplaba en la Ciencia al hombre perfecto, que a él se le hacía aparente donde el hombre mortal y pecador se hace aparente a los mortales. En este hombre perfecto el Salvador veía la semejanza misma de Dios, y esta perspectiva correcta del hombre sanaba a los enfermos. Así Jesús enseñó que el reino de Dios está intacto, es universal, y que el hombre es puro y santo” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, págs. 476–477).

Mientras muchos de nosotros tenemos la tendencia de encasillar a nuestro prójimo por algo que hizo —“aprisionándolo” así en el pasado— Jesús percibía la individualidad real de todos, y de esa manera ayudaba a abrirles el camino hacia un futuro más brillante. Cuando Jesús trajo curación y transformación a la gente, lo más importante para él era glorificar a Dios y ayudar a su prójimo a vislumbrar y experimentar algo del reino de Dios. ¿Acaso no dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33)?

¿Qué fue lo que provocó este cambio de actitud?

Probablemente todos nosotros lidiamos de vez en cuando con gente que nos fastidia, y quizás hayamos encontrado que la crítica o el rechazo no ayudan. Tampoco ayuda reaccionar con enojo. Molestarse y devolver mal por mal simplemente hace una realidad del mal. Jesús, por otro lado, nos mostró el camino del amor conciliador. Al contemplar constantemente al hijo de Dios en Zaqueo, Jesús hizo que se manifestara su verdadera identidad, a tal grado, que los espectadores que tanto murmuraban, pudieron ser testigos del cambio que se operó en el hombre.

 ¿Qué pensamos hoy en día de aquellos que sacan ventaja de su posición para beneficio propio? ¿Con cuántos pensamientos condenatorios y críticos los estamos hundiendo a ellos, y a nosotros mismos, y al mundo? Sin embargo, cuando mantenemos en el pensamiento la idea correcta acerca del hombre, y afirmamos su carácter espiritual incorruptible, estamos apoyando la expresión de las cualidades propias del Cristo, tales como generosidad, sabiduría, honradez, rectitud e integridad. Y eso bendice a todos los que se encuentren dentro del alcance de nuestro pensamiento. 

Hace un tiempo tuve una experiencia que me demostró el poder sanador del enfoque que tenía el Salvador para lidiar con aquellos que nos han hecho mal. Después de vender nuestra casa en el sur de Alemania, mi esposa y yo compramos un lote enfrente del hogar de nuestro hijo mayor y su familia, donde se construiría una nueva casa para nosotros. Nos prometieron que la vivienda estaría lista para la primavera. Sin embargo, la primavera se transformó en verano, luego fines del verano, y tuvimos que poner todas nuestras pertenencias y a nosotros mismos en “depósito”.

El contratista se negó a aceptar que no había cumplido con las fechas de entrega, y se negó a darnos la compensación que le estábamos pidiendo. Después me enteré de que él y otro de sus clientes habían tenido una gran disputa durante la entrega de un edificio. Yo no quería que sucediera eso. No quería que nos mudáramos a una casa manchada por un conflicto. Yo quería que nuestra casa fuera un lugar de paz y curación.

Comprendí que debía superar mi inútil, de hecho, nociva, irritación, y ver al contratista desde una nueva perspectiva, de la manera que Dios lo veía y el propósito para el que lo había creado, como Su imagen y semejanza perfecta. También pensé en todas las buenas cualidades que expresaba el contratista, tales como diligencia, persistencia y habilidad. Después de todo, bajo circunstancias difíciles él se las había ingeniado para construirnos una casa verdaderamente bella y práctica. Probablemente no era fácil contratar y coordinar a la diversidad de obreros necesarios de una forma que permitiera a todos trabajar juntos armoniosamente. 

Además, me esforzaba por ver al mundo a través de los ojos de este hombre, de ponerme en su posición. Para un contratista, la entrega armoniosa de una casa nueva es el feliz cumplimiento de un gran logro. Las quejas, los insultos y las demandas se le deben quedar atascados en la garganta. De manera que me sentí impulsado a asegurarle al contratista que si podíamos llegar a un acuerdo amistoso, no me quejaría de ningún modo cuando entregara la casa. Esto lo conmovió, y terminó dándonos una generosa compensación. Nos despedimos con mutuo aprecio y como amigos.

El encuentro con Jesús ayudó a Zaqueo a darse cuenta de que solo viviendo de la forma que Jesús señaló uno puede encontrar verdadera libertad y verdaderas riquezas. ¿Podemos demostrar con más convencimiento estas riquezas en nuestras propias vidas, de manera que los “Zaqueos” de hoy puedan encontrar lo que realmente anhelan, y de esa forma redimirlos, y ayudar a elevar espiritualmente al mundo?

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Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, July 7, 1956

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