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Sana leyendo Ciencia y Salud

From the March 2016 issue of The Herald of Christian Science

Original en alemán


“Podrían presentarse miles de cartas como testimonios de la eficacia sanadora de la Ciencia Cristiana y particularmente en lo que concierne al gran número de personas que han sido reformadas y sanadas por medio de la lectura cuidadosa o el estudio de este libro” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 600).

Cuando conocí la Ciencia Cristiana, me encantaba leer su libro de texto, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana. Alguien me lo había dado porque yo estaba enfrentando muchos problemas. Absorbía cada palabra que leía en este libro. Cuando llegué al último capítulo, leí muchos testimonios de curaciones las cuales, como había leído en los comentarios al inicio del capítulo, habían sido logradas únicamente mediante la lectura del libro de texto. Esto me pareció sorprendente y maravilloso. Mucha gente ha experimentado “la eficacia sanadora de la Ciencia Cristiana”, simplemente mediante la lectura y el estudio del libro de texto. No solo sus vidas fueron transformadas, sino que también fueron liberados y sanados permanentemente de varias enfermedades, dolencias que a veces habían sido diagnosticadas como crónicas, incurables o mortales.

A lo largo de los años mis pensamientos volvieron una y otra vez a estas curaciones registradas en el libro de texto. Deseaba fervientemente encontrar el tiempo y la quietud para dedicarme a leer y estudiar con tranquilidad y calma. En Ciencia y Salud, Mary Baker Eddy hace referencia a cuando ella se apartó por algún tiempo para estudiar la Biblia: “Durante tres años después de mi descubrimiento, busqué la solución de este problema de la curación-Mente, escudriñé las Escrituras y leí pocas otras cosas,…. La búsqueda fue dulce, calma, y animada con la esperanza, no egoísta ni deprimente” (pág. 109).

No obstante, a lo largo de muchos años, yo había estado muy ocupada con mi trabajo, de modo que no parecía tener la oportunidad de estudiar la Ciencia en quietud y de forma ininterrumpida. Sin embargo, un día ocurrió algo inusual. Una mañana temprano sonó el teléfono, y cuando contesté era mi gerente para decirme que ese día no tenía que ir a trabajar porque no tenía nada que hacer. ¡No lo podía creer! Normalmente, trabajaba hasta 14 horas al día, y ¿ese día no había ningún trabajo que hacer? Colgué el teléfono, estupefacta.

Lo que ocurrió a continuación también me sorprendió. Una andanada de pensamientos me embargaron: “¡Oh, esto es maravilloso!, al fin vas a poder dormir un poco, y después limpiar el apartamento. ¡O tal vez ir de compras!”

Escuché esta charla mental por un rato, pero entonces dije: “¡Basta!” En la Ciencia Cristiana había aprendido a identificar los pensamientos que tratan de convencernos de algo que no es correcto, como es el error o la mente mortal, en oposición a la Mente divina, la cual es un sinónimo de Dios, el bien. Recordé lo que por tanto tiempo había estado realmente atesorando y necesitando: tener tiempo para estudiar el libro de texto de la Ciencia Cristiana.

Todavía era temprano por la mañana. Salté de la cama, tomé mi ejemplar de Ciencia y Salud del estante, me senté y empecé a leer. Recordé un versículo de la Biblia donde Juan le pide al ángel que le dé el librito. Y el ángel le responde: “Toma, y cómelo” (véase Apocalipsis 10:9, 10). Eso hice. Me enfrasqué de tal manera en las maravillosas e inspiradas ideas que estaba leyendo, que perdí toda noción del tiempo, e incluso me olvidé de comer y beber. Cuando finalmente “emergí” del libro, era tarde por la noche y ya había oscurecido. Me fui a la cama totalmente elevada y feliz. Este día que se me había dado para dedicar totalmente a la lectura del libro de texto, ¡fue uno de los más maravillosos presentes que he recibido en mi vida!

A la mañana siguiente, cuando me desperté, de inmediato sentí que algo había cambiado. Me senté y pensé en qué podría ser. Entonces me di cuenta de que no me había despertado o levantado ni una sola vez durante la noche, sino que había dormido toda la noche de corrido. Me quedé muy quieta, y sentí una profunda alegría y gratitud. Durante décadas yo no había podido dormir una noche entera debido a un problema respiratorio, y como resultado, no me había sentido descansada cuando iba a trabajar. Pero ahora, descubrí con gran alegría y gratitud que no solo había dormido toda una noche, sino que, a partir de ese momento, pude dormir todos los días sin interrupción.

La verdad que comprendí en aquel día sagrado mediante la lectura y el estudio de la Ciencia Cristiana, y que absorbí por completo, me liberó de una condición que había persistido durante 33 años. Sané únicamente por medio de la lectura de Ciencia y Salud, y me regocijo porque ahora puedo sumarme a las filas de aquellos que han sido sanados mediante la lectura del libro.

Esta curación ocurrió hace seis años, y ha sido permanente. Descanso tranquilamente todas las noches.

Elisabeth Gross, Munich

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Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, July 7, 1956

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