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¿Quién está realmente siendo juzgado?

From The Herald of Christian Science - May 19, 2022


¿Has notado alguna vez cuántas películas y programas se centran en distintos procedimientos legales? En el centro de esta fascinación popular por el derecho se encuentra algo maravilloso: el deseo natural de la humanidad de tener un gobierno justo. Quizás más que nunca, el mundo quiere justicia, seguridad y libertad para todos. El camino para lograr esta meta puede parecer impreciso; sin embargo, el gobierno armonioso y justo es en realidad parte del plan de Dios para todos Sus hijos. Cuando nuestro deseo de tener un buen gobierno en la tierra es apoyado por una comprensión del gobierno celestial de Dios, estamos capacitados para experimentar una norma divina de justicia que bendice y protege a todos. La historia registrada en la Biblia nos da una prueba maravillosa de esto.

En un canto de alabanza que celebra la libertad que Dios forjó para los israelitas —la liberación de cientos de años de esclavitud en Egipto— leemos: “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Salmos 89:14). Esto es lo que los hijos de Israel aprendieron en el desierto: que la verdadera justicia y el estado de derecho se someten a la jurisdicción de un Dios del todo amoroso.

Uno de los significativos impactos de su liberación fue un cambio en la forma en que los israelitas comenzaron a identificarse. Durante mucho tiempo habían sido acusados en el tribunal de la vida. Fueron perseguidos, procesados y encarcelados sin ningún recurso o representación. Sin embargo, después de encontrar su libertad, llegaron a comprender que, al reconocer que la autoridad de Dios es suprema, podían ser testigos de que Sus leyes los protegían y sostenían. 

En cierto sentido, se podría decir que la liberación de los israelitas hizo que dejaran de considerarse como perpetuos acusados, y comenzaran a sentirse más como demandantes. Por supuesto, ayudó que tuvieran un defensor extraordinario en el hombre Moisés, quien hábilmente llevó su caso y sus causas a Dios, el Amor divino, y logró victorias notables. Pero Moisés sabía, y explicó a sus seguidores, que algún día vendría otro paladín (véase Deuteronomio 18:15). Muchos otros profetas del Antiguo Testamento ampliaron esta profecía y enseñaron que alguien que era más grande que Moisés llegaría para traer una salvación completa, no solo para una secta en particular, sino en última instancia para toda la humanidad. 

Los cristianos reconocen que esta promesa se cumplió a través de la vida y las enseñanzas de Jesucristo. El Cristo es el defensor del pueblo, sometiendo por gracia la experiencia humana bajo la autoridad y protección de la ley divina. Como dice la Biblia, tenemos un abogado en Cristo Jesús (véase 1 Juan 2:1). Es a través de la defensa celestial del Cristo que podemos aprender a dejar de vernos a nosotros mismos como acusados desventurados e indefensos a merced de leyes materiales caprichosas. En cambio, podemos considerarnos como demandantes, quienes mediante las leyes espirituales de Dios pueden desafiar y vencer el mal y el sufrimiento. 

Jesús mismo dijo que la ayuda divina aparecería en otra forma, el espíritu permanente e impersonal de la Verdad: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). Los Científicos Cristianos reconocen a este Consolador como la Ciencia divina, el Espíritu Santo que revela la Vida eterna y trae energía divina y actividad sanadora al mundo.

Yo no estaba siendo juzgado aquí, el mal sí.

Un diccionario griego define la palabra bíblica traducida como Consolador de esta manera: “aquel que alega la causa de otro ante un juez, un mediador, un abogado para la defensa, asistente legal; un defensor”. De acuerdo con esa definición, la Ciencia del Cristo puede ser literalmente considerada como un abogado celestial, que aboga y defiende nuestros casos ante Dios. Esto puede haber sido lo que Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, tenía en mente cuando incluyó una alegoría bien notable en su libro Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras (véanse págs. 430-442). 

La alegoría representa una escena de la corte llena de drama; un caso en el que la vida de un hombre pende de un hilo porque ha ayudado a su prójimo enfermo. Este pobre mortal es juzgado como acusado, y aparentemente procesado bajo la autoridad autoproclamada de las leyes de salud materiales. Un testigo material tras otro testifica que este hombre es un mortal enfermo que merece morir. Al final de esta trágica escena, el hombre mortal pierde el caso y es condenado a muerte. 

¡Pero espera! Antes de que la sentencia de muerte pueda concretarse, un nuevo consejero audaz acude en ayuda del hombre que languidece. En un nuevo juicio en una corte superior —el Tribunal del Espíritu— la Ciencia Cristiana toma el caso y defiende el derecho del hombre a la vida y la salud. En este segundo juicio, el hombre es declarado inocente, y su salud y vitalidad son completamente restauradas.

Aunque el Sentido Personal sigue siendo el demandante y el Hombre Mortal el acusado en el Tribunal del Espíritu, el tono del juicio ha sufrido un cambio radical porque ahora es el Hombre Mortal el peticionario, facultado por la intervención de la Ciencia Cristiana, su abogado. A través de la comprensión de la verdadera naturaleza espiritual del hombre que la Ciencia Cristiana saca a la luz, es el sentido material fraudulento de la vida, con su pecado, enfermedad y muerte, lo que se pone a prueba (véase Ciencia y Salud 435:17 y 441:22). Finalmente, a raíz de los hechos espirituales vitales que se presentan como evidencia, el Hombre Mortal es liberado de una sentencia totalmente injusta. La Ciencia Cristiana, el Cristo defensor en toda época, para cada individuo, siempre se asegura de que el testimonio divino, o evidencia, sea escuchado. Entonces, el poder sanador del Cristo está en plena vigencia.

Hace varios años, tuve una experiencia que ilustra lo útil que es recordar que no somos acusados indefensos en el tribunal de la vida, sino que el amor de Dios nos pone a la ofensiva y nos capacita para actuar como demandantes que desafían decretos injustos.

Al principio de mi práctica de la Ciencia Cristiana, me pidieron que diera una charla reconfortante a raíz de un incidente muy triste en mi comunidad. Por medio de la gracia amorosa de Dios, la inspiración y las palabras llegaron, y una efusión de comentarios agradecidos después de la charla mostró que mi mensaje había proporcionado el apoyo necesario. También hubo informes de curaciones mentales, emocionales e incluso físicas que habían tenido lugar durante la charla. Me llenó de alegría que Dios nos hubiera ayudado a todos a sentir Su amor de una manera profunda y práctica.

Sin embargo, un par de horas más tarde, cuando estaba en el supermercado, sentí como si estuviera bajo ataque. Inesperadamente, todo mi cuerpo de repente se debilitó y me sentí muy enfermo. Incapaz de moverme, me apoyé en mi esposa y comencé a orar. Oré para que Dios me ayudara a comprender mejor que podía verme a mí mismo como el demandante en este juicio, no como una víctima indefensa. 

Me ayudó recordar que, en el Nuevo Testamento de la Biblia, el diablo, un término sinónimo de mal, a veces se lo conoce como el acusador. Esa es la naturaleza traicionera del mal; se esconde culpando o acusando al bien. No tiene poder real para dañar o destruir el bien, porque como Jesús dijo, el mal es simplemente una mentira (véase Juan 8:44). No obstante, se posiciona como una autoridad y lanza acusaciones como si fuera una mente o personalidad. Susurra sugestiones sutiles como estas: “El bien es incapaz. Dios no puede sanarte. Tu vida está comprometida. El mal es más poderoso que el bien”. Esto es, por supuesto, exactamente lo que el mal ilusorio afirmaría porque reconoce que el amor y la bondad de Dios son su atormentador y destructor. Pero no tiene inteligencia ni identidad ni poder para hacer nada. Exponerlo asegura la destrucción de la mentira.

La Biblia declara: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:21). Y la Sra. Eddy escribe: “El bien que haces e incorporas te da el único poder obtenible” (Ciencia y Salud, pág. 192).

Esta forma de pensar fortaleció mis oraciones en el supermercado. Sabía que había estado haciendo el bien cuando me pidieron que compartiera un mensaje de amor y consuelo con mi comunidad. Sabía que el bien era el único poder real. Sabía que el Cristo estaba presente para abogar por mí como el precioso hijo de Dios que soy, y que la Ciencia Cristiana, la ley de Dios, estaba lista para defender mi salud y seguridad. Yo no estaba en juicio aquí. El mal sí. De hecho, sabía que, habiéndose ya demostrado que era completamente impotente mediante el triunfo absoluto del ministerio de Cristo Jesús, el mal “había llegado demasiado tarde”. Después de uno o dos minutos de orar con consagración de esta manera, todo síntoma debilitante desapareció instantáneamente.

Persistente y resiliente, la esperanza humana anhela rectitud. El Amor divino benévolo y supremo sin duda puede liberarla. Cualesquiera sean las pruebas que enfrentemos, podemos encontrar consuelo en el hecho de que Dios nos capacita a todos nosotros para resultar victoriosos. No estamos destinados al papel de los perseguidos y procesados. La Ciencia Cristiana nos revela a cada uno de nosotros que somos demandantes en las pruebas de la vida. Este Consolador celestial, el Espíritu Santo, aboga fielmente en nombre de nuestro derecho divino a la salud, la felicidad y la justicia, haciéndonos cantar: “gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57).

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In 1903, Mary Baker Eddy established The Herald of Christian Science. Its purpose: "to proclaim the universal activity and availability of Truth." The definition of "herald" as given in a dictionary, "forerunner—a messenger sent before to give notice of the approach of what is to follow," gives a special significance to the name Herald and moreover points to our obligation, the obligation of each one of us, to see that our Heralds fulfill their trust, a trust inseparable from the Christ and first announced by Jesus (Mark 16:15), "Go ye into all the world, and preach the gospel to every creature."

Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, July 7, 1956

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