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El glorioso privilegio de ocuparnos en nuestros propios asuntos

Del número de febrero de 1986 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


¡El chisme! ¿Por qué lo escucha, lo lee y lo divulga la gente? ¿Por qué la gente que por lo demás es justa y amable, sin pizca de malas intenciones, es atrapada por la engañosa empresa de criticar y entremeterse, a menudo sin saber que lo está haciendo? ¿No es acaso, algunas veces, porque la mente mortal quisiera adulterar los impulsos más puros de la gente, aquellos que provienen de Dios?

Todos estamos dotados de la capacidad innata de amar, ayudar y prestar apoyo a nuestro prójimo. El buen samaritano en cada uno de nosotros tiene que ser alimentado y protegido. Pero hay muchas cosas acerca de amigos, vecinos, personas famosas, e incluso miembros íntimos de nuestra familia, cuyos asuntos no son nuestra ocupación legítima, que sencillamente no nos incumben. Debemos respetar los derechos inalienables que cada uno tiene de ocuparse en su propia salvación.

Jamás debemos dejar que la mente mortal nos embauque y nos haga imaginar que estamos expresando amor fraternal cuando meramente nos estamos entremetiendo, simplemente nos estamos interponiendo en los asuntos de los demás. Tenemos el poder del Cristo para impedir tal parodia de nuestra magnanimidad y amabilidad naturales. Hay una profunda necesidad de amor genuino, de caridad profunda. Lo que se necesita es la curación. Podemos orar para ver expuesta y destruida toda tendencia degradante que tengamos de criticar o entremeternos.

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